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En el mundo moderno se han producido numerosas revoluciones. Cabe definirlas como procesos de cambio político o social (o político y social) (1) importantes (2) realizados al margen o en contra de la ley, y (3) mediante un acto de fuerza mayor o menor.

Desde nuestros comienzos, la adhesión a la idea de revolución fue una seña de identidad importante. No obstante, nuestras concepciones fueron cambiando al correr del tiempo. A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, nos situábamos en la perspectiva de una revolución antifranquista, frente a un franquismo que, según pensábamos, estaba llamado a durar mucho tiempo. En esa época teníamos auténtica fe en la revolución. Nuestro propósito era encaminarnos hacia ese fin, en un horizonte de largo plazo. Tratábamos de prepararnos para una confrontación dura que, según pensábamos, acabaría por llegar. Nuestra preocupación: ganar a una parte de la población para la lucha revolucionaria.

Luego, en el 75, abandonamos la creencia de que el franquismo había de durar mucho tiempo. La idea de revolución seguía pesando mucho entre nosotros, pero se enmarcaba ya en el cuadro de un régimen parlamentario. A comienzos de los noventa, se abrió una discusión de interés: ¿qué significa ser una organización revolucionaria en una sociedad en la que no hay una tensión revolucionaria? Constatamos entonces que: 1) En la sociedad no hay lucha revolucionaria. Hay acción más a la izquierda y menos a la izquierda, pero no revolucionaria; 2) Nuestras prácticas no son propiamente revolucionarias; 3) Lo más revolucionario que tenemos son nuestras ideas; 4) Nuestras diferencias con otros sectores de izquierda no se pueden presentar en términos de acción revolucionaria frente a acción reformista.

En los años noventa, y siempre en referencia a nuestra trayectoria, la cuestión de la revolución entró en una fase de débil presencia, de cierta invisibilidad, y de una pluralidad de hecho de las concepciones existentes. En la sociedad, y en la juventud, en particular, ha sido un período dominado por ideas más comedidas, también más pacíficas y más realistas. En este período, se han pronunciado con más vigor por la revolución sectores caracterizados por un radicalismo más bien superficial.

Diversos aspectos gravitan en contra de la idea de revolución para la generación de los años noventa: tal idea aparece asociada con experiencias dictatoriales (URSS, países del Este); ha quebrado un tipo de sociedad que se presentaba como alternativa y superadora del capitalismo, y no acaba de aparecer un programa sustitutorio convincente; crecen los recelos ante el empleo de la violencia para conseguir fines políticos; también se abre paso, más subterráneamente, una visión más realista de los seres humanos, de sus disposiciones y capacidades, que lleva a desconfiar de los grandes proyectos de cambio.

En esta situación se hace necesario, y quizá también más viable, renovar la reflexión sobre la cuestión de la revolución. He aquí algunos puntos que pueden servir de referencia para esa reflexión.

Por de pronto, hay que decir que está bien, o puede estar bien, lo que podemos llamar un espíritu transformador (o revolucionario): el propósito de ir más allá de lo existente. Hay, por lo demás, una razón a favor de la revolución que es más bien una razón en contra de la no revolución: parte del supuesto de que, si no hay una ruptura en el poder político, difícilmente puede crecer un nuevo tipo de economía. El problema es serio: sin revolución, ¿cómo impulsar los cambios necesarios? Pero, con revolución, brotan nuevos problemas. Veamos algunos.

Hasta ahora sólo ha habido revoluciones o bien en países (Europa o América) que no se habían modernizado, o bien en países del Tercer Mundo. Dicho de otra forma: revolución y atraso, hasta ahora, han ido juntos: las revoluciones han sido reacciones contra el atraso y sus secuelas. La de Portugal es un caso relativamente especial, y precisamente en ese caso no se dieron o se dieron poco algunos problemas de los que vienen a continuación. Cabe pues abrir dos interrogantes: a) si habrá algún día una revolución en algún país o grupo de países desarrollados; y b) si así fuera, cómo podría ser esa revolución en un país con un nivel educativo y técnico más alto, y con cierta tradición democrática.

Otro campo de problemas concierne a la relación entre revolución y derecho. El sometimiento a la ley puede favorecer una subordinación, una disciplina contraria a los cambios audaces, pero la violación de la ley para imponer la voluntad de un sector de la población es fuente de autoritarismo y de arbitrariedad. Un movimiento revolucionario, que escapa al derecho existente y, al menos inicialmente, a cualquier ley, puede tender a prolongar una situación sin derecho (en la que la voluntad y la fuerza sustituyen al derecho, lo que permite que dominen los más fuertes), para acabar desembocando en un derecho hecho a la medida del despotismo. Hay pocas excepciones: la Revolución portuguesa de los años setenta, Nicaragua.

Si la revolución implica un acto de fuerza, en su proceso alcanzan una posición ventajosa quienes se desenvuelven mejor en el plano del empleo de la fuerza, lo que como criterio para seleccionar a personas con responsabilidades es muy deficiente.

El procedimiento revolucionario impulsa las tendencias a abordar los problemas sociales y de la transformación social en términos de fuerza o, más estrictamente, militares.

La acción revolucionaria misma, y más cuanto más se prolongue el conflicto violento, da lugar a unas estructuras de poder jerarquizadas, con aspectos poco democráticos o autoritarios, que son el germen del nuevo poder revolucionario.

Las revoluciones se han hecho, en principio, para neutralizar a las minorías que detentaban el poder y se oponían a los cambios necesarios. De hecho, no sólo han violentado a esas minorías sino que han sido impositivas para la mayoría de la población. Ha habido en ellas un impulso doble: han ido, de un lado, contra autoritarismos anteriores, pero, de otro lado, han promovido un nuevo autoritarismo frente a las mayorías sociales.

Las minorías revolucionarias, después de tomar el poder, se han solido transformar negativamente, en diversos sentidos: han caído víctimas de comportamientos agresivos; han fomentado luchas internas despiadadas; se han aferrado al poder.

Las revoluciones contemporáneas han producido en la mayor parte de los casos regímenes antidemocráticos y burocracias aún mayores que las que había antes de la revolución.

En el plano ideológico, ha prevalecido la tendencia a declarar una ideología oficial y a reprimir la disidencia.

En el campo económico, la centralización burocrática y la estatización extrema, germen de ineficacia y corrupción, han sido la norma.

Estos males que han acompañado a las revoluciones ¿muestran que es preferible la no revolución? El asunto es paradójico: lo cierto es que, por regla general, las revoluciones del siglo XX han tenido lugar donde había situaciones desesperadas y de gran atraso. Donde se dan situaciones más insoportables pueden surgir revoluciones en las que se compromete lo mejor de cada sociedad. Y esto, cabe pensar, se podrá volver a producir en el futuro. Cuando esto suceda, mejor que una oposición al movimiento revolucionario desde fuera es la conciencia de los problemas existentes y tratar de contrapesar las tendencias negativas.

Donde no se registran esas situaciones extremas, con posibilidades revolucionarias, simplemente no hay revoluciones. Allí donde existe una situación política, económica, social, cultural, etc. relativamente aceptable, la población no desea correr el riesgo de verse abocada a grandes enfrentamientos o a un régimen como los que han salido de la mayoría de las revoluciones del siglo XX. La perspectiva revolucionaria carece de realidad. No podemos pronunciarnos respecto a algo que no tiene visos de realidad. Podemos preconizar una transformación de la sociedad. Pero no definirnos hacia un movimiento y un proceso revolucionarios que están lejos de existir. No sabemos si, en estos países, será posible algún día una revolución, y, si llega a serlo, en qué medida tendrá los defectos de las anteriores.

Transformación revolucionaria de la sociedad 

En el mundo moderno se han producido numerosas revoluciones. Cabe definirlas como procesos de cambio político o social (o político y social) (1) importantes (2) realizados al margen o en contra de la ley, y (3) mediante un acto de fuerza mayor o menor.

Desde nuestros comienzos, la adhesión a la idea de revolución fue una seña de identidad importante. No obstante, nuestras concepciones fueron cambiando al correr del tiempo. A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, nos situábamos en la perspectiva de una revolución antifranquista, frente a un franquismo que, según pensábamos, estaba llamado a durar mucho tiempo. En esa época teníamos auténtica fe en la revolución. Nuestro propósito era encaminarnos hacia ese fin, en un horizonte de largo plazo. Tratábamos de prepararnos para una confrontación dura que, según pensábamos, acabaría por llegar. Nuestra preocupación: ganar a una parte de la población para la lucha revolucionaria.

Luego, en el 75, abandonamos la creencia de que el franquismo había de durar mucho tiempo. La idea de revolución seguía pesando mucho entre nosotros, pero se enmarcaba ya en el cuadro de un régimen parlamentario. A comienzos de los noventa, se abrió una discusión de interés: ¿qué significa ser una organización revolucionaria en una sociedad en la que no hay una tensión revolucionaria? Constatamos entonces que: 1) En la sociedad no hay lucha revolucionaria. Hay acción más a la izquierda y menos a la izquierda, pero no revolucionaria; 2) Nuestras prácticas no son propiamente revolucionarias; 3) Lo más revolucionario que tenemos son nuestras ideas; 4) Nuestras diferencias con otros sectores de izquierda no se pueden presentar en términos de acción revolucionaria frente a acción reformista.

En los años noventa, y siempre en referencia a nuestra trayectoria, la cuestión de la revolución entró en una fase de débil presencia, de cierta invisibilidad, y de una pluralidad de hecho de las concepciones existentes. En la sociedad, y en la juventud, en particular, ha sido un período dominado por ideas más comedidas, también más pacíficas y más realistas. En este período, se han pronunciado con más vigor por la revolución sectores caracterizados por un radicalismo más bien superficial.

Diversos aspectos gravitan en contra de la idea de revolución para la generación de los años noventa: tal idea aparece asociada con experiencias dictatoriales (URSS, países del Este); ha quebrado un tipo de sociedad que se presentaba como alternativa y superadora del capitalismo, y no acaba de aparecer un programa sustitutorio convincente; crecen los recelos ante el empleo de la violencia para conseguir fines políticos; también se abre paso, más subterráneamente, una visión más realista de los seres humanos, de sus disposiciones y capacidades, que lleva a desconfiar de los grandes proyectos de cambio.

En esta situación se hace necesario, y quizá también más viable, renovar la reflexión sobre la cuestión de la revolución. He aquí algunos puntos que pueden servir de referencia para esa reflexión.

Por de pronto, hay que decir que está bien, o puede estar bien, lo que podemos llamar un espíritu transformador (o revolucionario): el propósito de ir más allá de lo existente. Hay, por lo demás, una razón a favor de la revolución que es más bien una razón en contra de la no revolución: parte del supuesto de que, si no hay una ruptura en el poder político, difícilmente puede crecer un nuevo tipo de economía. El problema es serio: sin revolución, ¿cómo impulsar los cambios necesarios? Pero, con revolución, brotan nuevos problemas. Veamos algunos.

Hasta ahora sólo ha habido revoluciones o bien en países (Europa o América) que no se habían modernizado, o bien en países del Tercer Mundo. Dicho de otra forma: revolución y atraso, hasta ahora, han ido juntos: las revoluciones han sido reacciones contra el atraso y sus secuelas. La de Portugal es un caso relativamente especial, y precisamente en ese caso no se dieron o se dieron poco algunos problemas de los que vienen a continuación. Cabe pues abrir dos interrogantes: a) si habrá algún día una revolución en algún país o grupo de países desarrollados; y b) si así fuera, cómo podría ser esa revolución en un país con un nivel educativo y técnico más alto, y con cierta tradición democrática.

Otro campo de problemas concierne a la relación entre revolución y derecho. El sometimiento a la ley puede favorecer una subordinación, una disciplina contraria a los cambios audaces, pero la violación de la ley para imponer la voluntad de un sector de la población es fuente de autoritarismo y de arbitrariedad. Un movimiento revolucionario, que escapa al derecho existente y, al menos inicialmente, a cualquier ley, puede tender a prolongar una situación sin derecho (en la que la voluntad y la fuerza sustituyen al derecho, lo que permite que dominen los más fuertes), para acabar desembocando en un derecho hecho a la medida del despotismo. Hay pocas excepciones: la Revolución portuguesa de los años setenta, Nicaragua.

Si la revolución implica un acto de fuerza, en su proceso alcanzan una posición ventajosa quienes se desenvuelven mejor en el plano del empleo de la fuerza, lo que como criterio para seleccionar a personas con responsabilidades es muy deficiente.

El procedimiento revolucionario impulsa las tendencias a abordar los problemas sociales y de la transformación social en términos de fuerza o, más estrictamente, militares.

La acción revolucionaria misma, y más cuanto más se prolongue el conflicto violento, da lugar a unas estructuras de poder jerarquizadas, con aspectos poco democráticos o autoritarios, que son el germen del nuevo poder revolucionario.

Las revoluciones se han hecho, en principio, para neutralizar a las minorías que detentaban el poder y se oponían a los cambios necesarios. De hecho, no sólo han violentado a esas minorías sino que han sido impositivas para la mayoría de la población. Ha habido en ellas un impulso doble: han ido, de un lado, contra autoritarismos anteriores, pero, de otro lado, han promovido un nuevo autoritarismo frente a las mayorías sociales.

Las minorías revolucionarias, después de tomar el poder, se han solido transformar negativamente, en diversos sentidos: han caído víctimas de comportamientos agresivos; han fomentado luchas internas despiadadas; se han aferrado al poder.

Las revoluciones contemporáneas han producido en la mayor parte de los casos regímenes antidemocráticos y burocracias aún mayores que las que había antes de la revolución.

En el plano ideológico, ha prevalecido la tendencia a declarar una ideología oficial y a reprimir la disidencia.

En el campo económico, la centralización burocrática y la estatización extrema, germen de ineficacia y corrupción, han sido la norma.

Estos males que han acompañado a las revoluciones ¿muestran que es preferible la no revolución? El asunto es paradójico: lo cierto es que, por regla general, las revoluciones del siglo XX han tenido lugar donde había situaciones desesperadas y de gran atraso. Donde se dan situaciones más insoportables pueden surgir revoluciones en las que se compromete lo mejor de cada sociedad. Y esto, cabe pensar, se podrá volver a producir en el futuro. Cuando esto suceda, mejor que una oposición al movimiento revolucionario desde fuera es la conciencia de los problemas existentes y tratar de contrapesar las tendencias negativas.

Donde no se registran esas situaciones extremas, con posibilidades revolucionarias, simplemente no hay revoluciones. Allí donde existe una situación política, económica, social, cultural, etc. relativamente aceptable, la población no desea correr el riesgo de verse abocada a grandes enfrentamientos o a un régimen como los que han salido de la mayoría de las revoluciones del siglo XX. La perspectiva revolucionaria carece de realidad. No podemos pronunciarnos respecto a algo que no tiene visos de realidad. Podemos preconizar una transformación de la sociedad. Pero no definirnos hacia un movimiento y un proceso revolucionarios que están lejos de existir. No sabemos si, en estos países, será posible algún día una revolución, y, si llega a serlo, en qué medida tendrá los defectos de las anteriores.