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Naciones y nacionalismos, pluralidad y pluralismo, opresión y libertad nacional, derechos nacionales y autodeterminación 

El término nación (o el de pueblo, cuando se usa como equivalente) significa cosas distintas dado que no hay una definición del mismo universalmente aceptada. Según sea la lengua que se utilice y según se trate de un ámbito cultural u otro, puede equivaler a un Estado o a un grupo cultural de cierto tamaño o a un nuevo sujeto político reivindicado por un movimiento nacionalista.

En su significado actual más extendido, diferente del uso que se le dio por ejemplo en la época medieval, la nación es inseparable de las tendencias y exigencias de la vida moderna que alientan un proceso uniformador de la población de un país (de la política, la educación, la economía, la cultura, la historia, las artes, etc.). Estos procesos surgen en Europa occidental, donde maduran lentamente, y luego, tras acelerarse en los siglos XIX y XX, se expanden por el resto del mundo. Sus dinamizadores son los Estados que nacionalizan a su población o bien los movimientos nacionalistas que reivindican la existencia de una nación distinta al estado.

El resultado principal de ese proceso es la formación de naciones, entendida cada una de ellas como una comunidad uniforme de creencias, sentimientos y deberes, que une entre sí a los con-nacionales al mismo tiempo que les separa y diferencia de los no-nacionales. La definición de nación menos discutible -un grupo suficientemente amplio de personas cuyos integrantes se consideran a sí mismos que son una nación- apela a una de esas creencias, en este caso la de pertenecer a una nación.

El sentimiento de pertenencia nacional se apoya a su vez en otras creencias, como tener una personalidad distinta a la de otros pueblos (que se basa generalmente en ciertos rasgos como la singularidad de su historia e instituciones políticas, lengua, cultura, religión, costumbres y tradiciones, etc.) o que el poder político debe asegurar su continuidad y desarrollo como pueblo peculiar o el mito de un origen común, sentirse parte de una gran familia que desciende del mismo tronco.

Hoy en día, todas las comunidades políticas que existen reivindican estas creencias de una forma u otra y con mayor o menor intensidad.

Si se mira a escala planetaria, las naciones son una forma razonable de expresar la pluralidad de la condición humana y su diferenciación en múltiples pueblos que se perciben como distintos entre sí y que demandan un derecho de cada uno de ellos a preservar y desarrollar su existencia.

Pero la pluralidad de la condición humana moderna, además de justificar la existencia de las naciones, las condiciona o limita al mismo tiempo, ya que cada nación está condicionada y limitada a su vez por la pluralidad de su población respectiva, pluralidad que puede manifestarse incluso hasta en el hecho de que una parte de la misma no se identifique con dicha nación o se considere anacional o se sienta miembro de otra nación.

La nación será tanto más aceptada cuanto más compactados se encuentren sus miembros en un territorio delimitado y cuanto más extendido esté en la población de ese territorio el sentimiento de pertenencia a ella y cuanto más uniforme sea en las creencias mencionadas. Por el contrario, la nación será tanto más discutida y conflictiva cuando sea más débil el resultado de todos esos indicadores bien porque se trate de una nación muy plural bien porque haya una pluralidad de naciones en un mismo territorio.

Mientras que la pluralidad es un dato o un hecho descriptivo de la realidad, que se refiere a su diversidad (lingüística, cultural, religiosa, de sentimiento de pertenencia nacional, etc.), el pluralismo está en otro plano: del deber ser, de las normas, de cómo queremos que sea la realidad, de las actitudes y comportamientos.

El pluralismo es la perspectiva política que postula la necesidad de reconocer, respetar y regular la pluralidad existente mediante el diálogo y la negociación social. Cuando estamos ante una nación muy plural o, más aún, ante una pluralidad de sentimientos nacionales en un mismo territorio, el pluralismo es un valor clave para encauzar los conflictos derivados de esas situaciones.

Una nación (o un pueblo) está oprimida cuando se encuentra bajo un poder político que no le reconoce como tal ni respeta sus peculiaridades (religiosas, lingüísticas, culturales, etc.) ni le permite dotarse de ninguna clase de instituciones propias de autogobierno político. La opresión nacional es sinónimo de vulneración de los derechos de un grupo que se considera una nación y de su sometimiento a un poder impuesto en contra de la voluntad de su población y que se mantiene por la fuerza.

Por el contrario, una nación (o un pueblo) está en una situación de libertad nacional cuando se le reconoce y respeta, cosa que se manifiesta sobre todo en el ejercicio de un autogobierno adecuado a sus circunstancias, necesidades y deseos por parte de los miembros de dicha nación.

La libertad nacional es sinónimo de autodeterminación, en definitiva, entendida como capacidad de libre decisión y de libre autoorganización. La autodeterminación de la nación (o de un pueblo) no debe concebirse como un derecho absoluto, ilimitado e incondicionado, que pretenda ignorar los límites lógicos de toda decisión humana y de las múltiples y variadas circunstancias y condiciones que la acompañan. Esa concepción absoluta, ilimitada e incondicionada de la autodeterminación se ha revelado a lo largo del siglo XX como una propuesta que genera muchos más problemas y más graves que los que pretende resolver.