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En nuestro origen pasamos por una etapa de extrema dependencia de ideologías tomadas del pasado o de otras latitudes (el leninismo y el maoísmo). Fueron años de adhesión sin reservas marcados por un acentuado dogmatismo.
Recibimos la influencia maoísta durante la primera mitad de la década de los setenta. Luego se extinguió, manteniéndose un notable influjo del marxismo y del leninismo. En la segunda mitad de los años ochenta comenzamos a formular las primeras críticas, todavía parciales, del marxismo. Y en los noventa se fueron extendiendo a campos muy variados, hasta dar lugar a un alejamiento crítico del marxismo. Teniendo en cuenta lo que el marxismo había pesado en la formación de nuestro mundo ideológico, esa crítica del marxismo representaba una reconsideración autocrítica de envergadura. Si hubiera que resumir los puntos débiles del marxismo que fuimos resaltando en los años noventa, tendríamos que recoger al menos lo siguiente: En un plano general, la sistemática mezcla de la teoría, por un lado, con la ideología y con la propaganda, por otro; la confusión entre juicios de hecho (descripción de las cosas) y juicios de valor (opinión formada a partir de una idea de cómo deberían ser). Resultado de todo esto es, de una parte, el carácter pretencioso del marxismo (se presenta como una ciencia, a pesar de estar impregnado de elementos extracientíficos: morales, programáticos, etc.) y, de otra parte, un conocimiento de baja calidad debido precisamente a esas acusadas interferencias. A eso hay que agregar un conjunto de defectos particulares respecto a sus contenidos concretos, como es la sobrecarga de predicciones excesivamente ambiciosas o mal fundamentadas; la tendencia a explicar los hechos históricos invocando una causa principal y desconsiderando los enfoques multifactoriales; la atribución de un peso desmedido a los factores económicos en la explicación de los acontecimientos históricos, con la consiguiente subestimación de la importancia de otros componentes de la vida social; la inclinación a dar por buenas las representaciones de la sociedad en dos partes, lo que conlleva un empobrecimiento de la visión de las sociedades; la adopción de un punto de vista sobre el curso de la historia, según el cual ésta avanza necesariamente en el sentido del progreso. El marxismo, entendiendo por tal la corriente o la suma de corrientes que constituyeron los seguidores de Marx tras su muerte en 1883, fue, como las grandes doctrinas socialistas del siglo XIX, una ideología. Y compartió con ellas rasgos como éstos: una notable amplitud de sus contenidos (incluye una concepción del mundo, una filosofía de la historia, un programa detallado, etc.); la interrelación entre sus elementos en un sistema de ideas con una acentuada aspiración a la coherencia (otra cosa es que esa coherencia fuera alcanzada, cosa que no ocurre en general en las grandes ideologías); la finalidad de fundar identidades colectivas; un relativamente alto grado de explicitación (las ideas y creencias que integran esas ideologías no son algo vago o impreciso sino que están formuladas insistentemente en abundante literatura). El marxismo ha sido la ideología más implantada en el movimiento obrero, e incluso ha llegado a ser ideología oficial de varios Estados, como ocurrió en el caso de la Unión Soviética. La creación de organizaciones sobre la base de las grandes ideologías del siglo XIX (marxismo, con todas sus variantes posteriores, marxismo-leninismo, trotskismo, maoísmo…, y anarquismo, especialmente) tiene ciertos inconvenientes. Cabe destacar entre ellos: El hecho de que operan como sistemas de identificación rígidos, demandan la adhesión en bloque y apasionada; no admiten las medias tintas. Entre sus funciones está la de procurar una seguridad intelectual, lo que alienta el inmovilismo. Se levantan resistencias a las innovaciones, de las que se teme que puedan desestabilizar al grupo que toma esas ideas como cemento de su identidad colectiva. La ortodoxia tiene más éxito que el sentido autocrítico. Las ideologías trazan fronteras cerradas, poco permeables, poco aptas para la comunicación y el intercambio con lo que queda fuera de ellas. Unen en el interior pero a base de extremar la separación con el exterior, con lo que promueven la endogamia y el sectarismo. El mundo real es visto con numerosos prejuicios que la propia ideología alimenta, lo que favorece el autoengaño y un despegue de la realidad. En nuestra trayectoria, la crítica del marxismo fue acompañada de una crítica de las restantes ideologías socialistas y de las ideologías rígidas, compactas, del estilo de las del siglo XIX, como base de ideas para formar colectivos disidentes y resistentes. Así, llegamos a una situación en la que se gesta la voluntad de no seguir tomando el marxismo como base de nuestra unidad y de nuestra identidad colectiva. Lo que se abre paso más bien es una situación en la que, junto a un esfuerzo crítico y autocrítico colectivo, caben diversas opiniones personales hacia el marxismo. La situación actual es que a nadie se le pide ni una adhesión ni un rechazo a una u otra de las ideologías conocidas; la unidad no se basa, como antes, en una ideología del tipo de las señaladas. No significa esto un menosprecio del papel de las ideas ni una preferencia por las ideas más ligeras. El terreno ideológico en el que nos venimos moviendo contiene ideas densas, fuertes, pero sin la pretensión de componer un cuadro acabado, de conjunto, completo. Preferimos un horizonte ideológico sometido a reflexión crítica, abierto al movimiento, al desarrollo, a las correcciones y alas innovaciones. ¿Con qué contenido? El presente cuaderno trata de dar cuenta de ese contenido, tal como podemos definirlo hoy, que sin duda será distinto de cómo pueda configurase dentro de algún tiempo. |
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