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Nuestra existencia colectiva se inició a finales de los sesenta y comienzos de los setenta. A partir de entonces fueron unificándose colectivos de distintos lugares. Las personas entonces organizadas, jóvenes y muy jóvenes, constituyeron una generación valiosa. Se forjó inicialmente en la lucha contra el franquismo, en las condiciones de la clandestinidad. Conoció luego, 1976-78, los avatares de la reforma política. En los años ochenta, intervino en la lucha contra las tentativas de golpe de Estado fascista y en las movilizaciones contra las políticas neoliberales y el cierre de empresas. Participó en los nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo, antimilitarismo) y desempeñó un papel muy activo en el movimiento contra la OTAN hasta su extinción en 1986.
Nuestra corriente ha estado impulsada principalmente por mujeres y hombres pertenecientes a aquella primera generación. En 1994 abrimos una reflexión sobre la necesidad de una acción más decidida para lograr, en un plazo medio, el relevo de la generación primera por personas más jóvenes. El propósito desde entonces fue conservar el máximo del caudal humano disponible y, a la vez, hacer esfuerzos específicos para avanzar con nueva gente joven. La tarea se concretaba así: a) impulsar una mayor apertura hacia ambientes más jóvenes, relativamente distintos de aquellos en los que más nos habíamos movido hasta entonces; b) conseguir un aumento del peso relativo de los jóvenes en cada organización; c) lograr que un mayor número de jóvenes esté en disposición de asumir más responsabilidades. A partir de ahí, los resultados obtenidos han sido muy diversos: en algunos sitios se ha avanzado bastante y en otros prácticamente no ha habido resultados, con toda una variada gama intermedia. En este tiempo hemos podido comprobar que la regeneración de nuestras organizaciones implica la renovación de las personas. Y que ambas cosas requieren cambios en nuestra personalidad colectiva. La reorientación de nuestra identidad, tal como la entendemos, necesita apoyarse sobre un diálogo intergeneracional. Ese diálogo persigue asegurar un intercambio eficaz entre la generación mayor, cincuenta y tantos años de edad, y la más joven, entre veinte y treinta años (las franjas intermedias tienen un peso menor). La primera ha de transmitir su experiencia, los problemas abordados y la forma en que han ido siendo tratados; también, sus aportaciones ideológicas. La segunda, que es la que finalmente habrá de tomar las principales decisiones en unos cuantos años, debe precisar el tipo de organización y de actividad que considera deseable, partiendo de una reflexión detenida sobre la historia anterior, de tal modo que no se desaprovechen las enseñanzas aprendidas en el pasado. Diálogo intergeneracional equivale a comunicación, entendimiento y empatía capaces de engendrar unas realidades nuevas, unas realidades que sinteticen las mejores cualidades de dos generaciones distintas que han vivido experiencias muy diferentes. |
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