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El capitalismo es un tipo de economía que comporta la propiedad privada de los medios de producción, de los servicios y de la banca; la existencia de un mercado libre, como institución económica central; y la búsqueda del máximo beneficio, como motor de la actividad económica. 
Nuestra oposición a la economía capitalista ha sido una constante a lo largo de nuestra historia. Las principales críticas que se le pueden hacer son las siguientes:

1) El propósito de obtener el beneficio máximo, en el marco de un mercado libre, como fuerza motora de la actividad económica, configura una economía alejada de las necesidades sociales. La economía se antepone a la sociedad; la ganancia a la justicia social, a la solidaridad y a la reducción de las desigualdades.

2) La competencia entre capitalistas promueve situaciones de crisis de desastrosos resultados sociales (pobreza, paro, marginación).

3) Es un sistema que impulsa el crecimiento a toda costa, lo que lleva a un consumo no razonable de los recursos naturales.

En las últimas décadas se han estrechado los lazos económicos a escala planetaria: es lo que se ha llamado la globalización capitalista. Varios dogmas, que responden a intereses sociales determinados, se han venido presentando como ideas científicas: máxima libertad de movimientos para los capitales, los bancos centrales deben ser independientes de los Estados, lo político y lo social deben someterse al objetivo del crecimiento económico, el gasto público debe reducirse, ha de alcanzarse la estabilidad monetaria, hay que derribar las barreras comerciales (aunque esto último se administra de una u otra forma a conveniencia de las potencias más influyentes)…

La aplicación de estas ideas ha dado lugar al creciente desarrollo de una mundialización desbocada; a unos intercambios financieros de carácter altamente especulativo; a la consolidación de la pobreza en el mundo; a la reducción de los gastos sociales y a la incorporación al mercado (privatización) de actividades de interés social general; a una acusada mercantilización del trabajo, con el consiguiente desarrollo de la precariedad en el empleo, de la inseguridad laboral, de la desestructuración de la clase obrera y de la disgregación social.

La crítica del capitalismo viene atravesando horas bajas. Ello se debe tanto a las debilidades de las anteriores perspectivas teóricas anticapitalistas como al derrumbe de las vías prácticas alternativas encarnadas por el llamado socialismo real. El modelo, nacido en el período de la II Internacional (1889-1914), de una economía basada en la propiedad estatal, en la gestión burocrática y en decisiones políticas independientes del mercado tiene hoy poca credibilidad.

A falta de nuevas experiencias prácticas, no es posible definir con precisión una nueva economía no capitalista. Sí se pueden, no obstante, enunciar los principales criterios que deberían orientar nuevos intentos: sustituir como criterio principal el logro del máximo beneficio por la atención a las necesidades sociales; poner en pie vías de control democrático de la economía, lo que implica transparencia y participación a gran escala; encaminarse hacia una mayor justicia social, una mayor igualdad, y una mayor cohesión social, tanto en cada país como en el plano internacional; poner en pie políticas efectivas de cooperación internacional; hacer del desarrollo sostenible una preocupación central. A partir de las experiencias conocidas, parece razonable pensar que una política económica que pretenda superar el capitalismo debería combinar elementos diversos como mercado y plan, regulación y libertad, iniciativa pública y privada.